viernes, 2 de marzo de 2012

ESTACIÓN DE TRASBORDO.- RELATO CORTO

La vio sentada en el Metro y sintió que de ella emanaba algo, que le atrapaba irremisiblemente. No se trataba de una mujer especialmente guapa, más bien pareciera que su rostro cargaba con la desazón de la eternidad, delatando sus ojos, en lo más profundo del brillo del iris, vastos piélagos de negrura y ahogo que sin embargo le sometían. 

Ensimismado en la lectura de una novela, tratando de relajar espíritu tras una jornada de trabajo agotadora, había alzado la vista por encima del libro, azuzado en sus entrañas por un sistema nervioso que disciplinado, respondía a una irreal pero obstinada llamada de atención; y se había encontrado con su mirada poderosa y vacía, clavada en sus pupilas a modo de dagas, que penetraban hasta su alma sumiéndole en un estado de hipnótica incertidumbre. 

Azorado, retornó la mirada al texto sintiéndose incapaz de enhebrar en su mente, expresión coherente alguna de las que la narración le ofrecía, presa de un atolladero de emociones aceleradas que, de la nada surgidas, le impedían pasar de página. Una mirada perdida sobre el papel estático y el miedo atroz que le reprimía, sintiéndose incapaz de alzar de nuevo la vista hacia ella. 

Cuando el tren paró en la estación de Sol, apreció el alivio del que huye de la inminencia, y levantándose de un salto, corrió hacia la puerta del vagón. Observó de soslayo en su carrera que ella ya no se encontraba allí, sin embargo notaba aun su presencia, como si nunca se hubiera apeado de aquel gigantesco gusano de hierro. 

Ya en el vestíbulo de la estación, relajó la cadencia de paso, avergonzado de sí mismo por su actuación estúpida. Se sentía tonto de remate, preguntándose cómo era posible que hubiera reaccionado con aquel impulso desmedido e injustificado huyendo de lo etéreo, tan solo por la mirada penetrante e inquisitiva de una mujer que a buen seguro, pensó, regalaba la misma cara de palo a todo hombre que osaba observarla. -¡Esa era una amargada y yo soy tonto del culo!- afirmó para sí. 

Tomó camino de las escaleras que conducían a los andenes de la línea 5 para hacer trasbordo. Los paneles informativos anunciaban de la inminente llegada del convoy y caminó hacia la parte izquierda para llevar a cabo el ritual diario de tomar aquel vagón de cola, que cuando llegaba a su destino le situaba en la puerta de salida que más le interesaba. De repente se escucharon voces y de uno de los pasillos que accedían al andén, apareció de improviso un hombre al que perseguían e increpaban dos guardias de seguridad y que en su frenética carrera, se lo llevó a él por delante haciéndole caer a las vías, justo en el momento en el que el tren hacía su entrada en la estación. 

Entonces la vio de nuevo, acercando su rostro a él, cuyo desmembrado cuerpo, yacía inmóvil en el suelo. Le besó en la mejilla y pudo sentir lo extremo de la gelidez que manaba de unos labios inexistentes. Se tomaron de la mano con exquisita ternura y ambos caminaron hacia la oscuridad del túnel, recreación exacta de las cuencas de sus ojos. 

-Hola, soy La Muerte- le dijo.

2 comentarios:

  1. Temerosos de su llegada tratamos siempre de eludir su presencia, intentando no nombrarla, ni mirarla cara a cara, aunque a veces la desafiemos con todas sus consecuencias, magnifico regalo para los sentidos leerte esta noche...abrazzzusss

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